Y que atroz es todo eso, mientras nos elevamos como ruiseñores. Pequeños y sin crestas. Hay un cuerpo que aspira tus horas y las transporta a un sencillo estado, que me recuerda mis miserias y mi nimiedad ante el resultado del endocrino.
Hay eso y tampoco nada, porque entre esas cenizas o polvos pentateucos, que alguna vez fueron carne arrulladora; sólo quedamos ahora los dos.
Hay eso y tampoco nada, porque entre esas cenizas o polvos pentateucos, que alguna vez fueron carne arrulladora; sólo quedamos ahora los dos.
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