Aprendo a amarte porque besarte es poco; y es lo que prolongo mientras te veo y te hago parte de mis tardes. Otra vez, en el barro que se difumina entre los minutos, entre la hojarasca hecha arquitectura y vaivén de madera; que nos sostiene como el acero imberbe de nuestra historia.
Entonces otra vez la lluvia, cae sobre nuestros sueños. Y eres más niña que el apóstrofe infinito de mi timidez. Cubiertos del paso de la esquina, de la intersección de la quietud con los jirones; estamos ataviados del destino. Y tus ojos, reposantes en los míos, no son más que constelaciones de humedad.
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